¿Qué es lo primero que observamos al acercarnos a la lengua coreana? Probablemente la presencia de esos palitos y círculos que nos son presentados como el hangeul, el alfabeto coreano.
La historia sitúa el origen del alfabeto coreano a mediados del s. XV, durante el reinado del rey Sejong, conocido como Sejong el Grande por grandes avances que incluyen este mismo. Tan importante es para la lengua coreana la creación de este alfabeto que su creación se conmemora cada 9 de octubre en Corea del Sur, siendo fiesta nacional.
Pero no solo se trata de una herencia cultural de importancia para Corea, pues en 1997 la UNESCO incluyó este sistema de escritura en su registro de Memoria del Mundo, a través del documento del Hunminjeongeum [Los sonidos apropiados para la educación del pueblo], el documento oficial de promulgación de este alfabeto, de la época del rey Sejong.
Pero el hangeul tuvo un recorrido muy accidentado para llegar al reconocimiento que tiene hoy en día. Se trata de una historia recurrente de diglosia, un fenómeno sociolingüístico en el cual una comunidad que usa dos o más idiomas, donde uno de los cuales se considera superior al resto: más prestigioso, más lógico, más avanzado o simplemente más bello y el resto queda relegado a los contextos informales, vulgares, y no es considerado merecedor de estudio (Cho 2002).
La invención del alfabeto coreano respondió a una reivindicación práctica para escribir el idioma coreano… en coreano. Y es que antes de este alfabeto, y a falta de otro sistema de escritura nativo, el idioma coreano había adaptado el chino clásico para la lengua escrita ya en el siglo V a.C (Cho 2002). Esto después se sistematizó durante la dinastía Goryeo (918-1392), lo que aseguraría que la clase dominante de los próximos siglos se apoyara en el conocimiento del chino clásico.
Esto se trataba solo de una adopción parcial, puesto que a estos eruditos apenas les interesó el chino hablado, lo cual fue una suerte que facilitó que el coreano se conservara como lengua vernácula. El chino sí terminaría por reemplazar los nombres nativos coreanos, así como llenar el idioma de neologismos que ya forman parte de más de la mitad del léxico del coreano.
Es varios siglos después cuando entra en escena el rey Sejong, del que hemos hablado más arriba, que veía insostenible las diferencias entre el chino y el coreano, y aspiraba a que este nuevo alfabeto solucionase el problema del analfabetismo. Si lo pensamos, teniendo en cuenta que esto fue en el s. XV, ¡se trataba sin duda de un rey muy moderno!
Tan moderno era que su idea no fue muy bienvenida, sobre todo entre las esferas de poder. El uso del hangeul fue relegado a las clases bajas y a las mujeres (Choi 1989), lo cual siguió perpetuando esa disparidad entre el chino clásico y la lengua nativa.
Llegamos a finales del s. XIX y algunas ideas japonesas sobre lengua y literatura como el onmunilch’i (unificación del lenguaje hablado y escrito), ya habían calado en los coreanos a la hora de darle otro lugar al legado del rey Sejong. Esto se unió a una fuerte corriente nacionalista, en la que escritores y eruditos comenzaron a reflexionar una nueva idea fundamental: ¡viva la literatura coreana en lengua coreana!
Pero a principios del siglo XX llegaría una nueva lengua para ocupar el lugar del chino como la lengua administrativa, oficial y de uso público.
A raíz de la ocupación colonial de la península coreana a principios del s. XX, la nueva lengua dominante sería, por imposición durante casi cuatro décadas, el japonés.
Durante la ocupación, en los años 30, los movimientos por la lengua coreana alcanzaron su máxima expresión. Muchos lingüistas coreanos fueron arrestados y encarcelados (Cho 2002), y el gobierno colonial prohibió el uso del coreano en la esfera pública.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la liberación de Corea, se estandarizaría poco a poco el uso del coreano hablado y escrito, y la legislación ampararía el uso del coreano estándar que conocemos hoy en día.
Pero el coreano no está a salvo todavía de la alargada sombra de la diglosia, y es que hubo quien a principios de este siglo comenzó a defender la adopción del inglés como sistema más avanzado y más lógico (Cho 2001), basándose en su ya asentada y reconocida presencia como nuevo idioma global (Crystal 1997).
Aunque ahora, gracias a la ola coreana, cada vez más estudiantes de todo el mundo se atreven con esta lengua tan rica y con una larga historia de reivindicación por mantenerse viva. ¿Y tú? ¿Te animas?
Referencias
Cho, Y. Y. “Diglossia in Korean language and literature: A historical perspective”. East Asia, 20(1), 2002, 3–23.
Choi, Kyeong-Hee. 1989. «Gender, Class, and Literacy: Repression of Women’s Language Practice in Joseon Dynasty» North Central Women’s Studies Association Conference, Indiana University.
Crystal, David. English as a Global Language. New York: Cambridge Univ. Press, 1997.
Citación recomendada
Urquia, Ainhoa. 2024. “El idioma coreano y la diglosia en el Este Asiático.” [Fecha de consulta], https://k-lab.online/el-idioma-coreano-y-la-diglosia/
